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Presentación de mi libro. Un adelanto para empezar a saborear.

  • 12 nov 2019
  • 4 min de lectura

Actualizado: 17 ago


Dijo Marina Yuszczuk:

" ...La maternidad, el vinculo y las diferencias generacionales con los propios padres, el divorcio, la perdida del amor, la búsqueda del éxito laboral y por sobre todas las cosas, de un mínimo de bienestar para ella y los suyos, son algunas de las cuestiones que despliega Que de todo esto venga algo bueno, testimonio también de un mundo en el que a las mujeres se les exige que se ocupen, ante todo, de los otros. Rosa Goldenberg se expone como psicóloga, como madre e hija, esposa y ex, como persona, en un texto conmovedor que es guiado como su titulo lo indica, por un cálido optimismo, y que nos permite asistir al mismo tiempo al nacimiento de una escritora".

...Hace treinta y cinco años que soy psicóloga. Cuando empecé la carrera la enfermedad mental me aterrorizaba, pero nunca lo hablaba en terapia. Al conversar con compañeros de la facultad, en la época en que estaba rindiendo la reválida, cuando ellos decían que lo que más querían era entrar a trabajar al Hospital Borda, yo me quedaba muda. Simplemente quería atender a gente común. Me acuerdo de una vez, debía tener unos veinte años: una joven lloraba desconsolada y a viva voz en el colectivo. Todos los pasajeros hacían como que no pasaba nada y seguramente pensarían qué loca que está, o simplemente seguirían con sus vidas como si nada. Yo me congelé. Me hubiera bajado y empezado a correr hasta llegar a mi casa y encerrarme en mi cuarto. Todos los pensamientos a punto de explotar dentro de mi cabeza, apretándose como en una avalancha donde ya casi no había aire. También me asustaban los borrachos, los epilépticos, la gente que vive en la calle, los que se descomponen de la nada en cualquier lugar y los cuadripléjicos. ¿Cómo iría a arreglarme? Los libros de casos clínicos me atrapaban. Me encantaba ir a la biblioteca de la Universidad de Massachusetts en Boston, donde estudié psicología, instalarme en unos sillones azules cuadrados y leer vorazmente los casos de las revistas de la Psychoanalytical Society. Gente que no podía parar de lavarse las manos o que se lastimaba limándose los muslos hasta sangrar, con tal de sentir algo.Cuando me recibí, me anoté en una pasantía de seis meses en un Hospital de Día al que llamaban Halfway House, una especie de Hogar de Tránsito entre la internación psiquiátrica y la vida independiente, que casi nunca llegaba. Mi rol era el de acompañante terapéutica: a veces, jugaba a las cartas, al ajedrez, o preparábamos plantines y brotes con los pacientes, que luego trasplantábamos al jardincito de atrás. Me costaba estar, pero tenía la esperanza de que con el tiempo se me pasaría esa ansiedad que no me dejaba relajarme, interactuar y aprender. Cuando mi residencia terminó me ofrecieron una posición full time, bien paga, que rechacé sin pensar. Es que me arreglaba muy bien para parecer psicóloga. Sabía cómo ocultar mi terror, invisible desde afuera. Solo yo, y hasta ahí nomás, me daba cuenta de todas las maniobras en las que estaba atrapada. Es que si bien era un trabajo, yo me sugestionaba en ese lugar tenebroso que perfectamente podía ser el escenario de una novela: una casa en los suburbios no aristocráticos de Boston, de estilo gótico y cementerioso. Una lápida en medio de la ciudad. Jardín de paz. Enfermos de muerte, de languidez, de miedo, y estanques de olor fétido. Camisas de blancos gastados y cuellos raídos. Mantitas azules tejidas de punto abierto y suelto. Hay una guardia de 48 horas en la que quedás a cargo de los locos y solo tenés un psiquiatra al que podés llamar en caso de urgencia. Desconozco si el psiquiatra existe, o si es un ente del tipo: si necesita una ambulancia digite 1,medicación 2, procedimiento ante el corte de venas 3, o aguarde y será atendido. En la mitad de una noche en la que afuera nieva a -25º, en el cuarto azul lavanda de una casona poblada de fantasmas, un loco gime en pijama llamando a su mamá. Al terminar la residencia, yo misma promoví la vuelta a Argentina, un país en el que los psicólogos podemos dedicarnos a atender a gente neurótica común, evitando el mundo coagulado de la enfermedad mental, el más grande dolor humano. Cinco años después, tenía dos hijas, y cuando quise ver qué estaba haciendo ya eran casi adolescentes. Y ahí, los errores que ya había cometido, o los que había cometido el padre, o quien sea, a sabiendas o sin saberlo, no importa, todas las equivocaciones, eran mías. No es que crea de verdad que las madres tenemos la culpa de todo lo que les pasa a nuestros hijos, pero todo está tan programado para que así lo creamos que la vergüenza me habla por dentro todavía. En el medio hubo muchas aventuras, no sé qué otra palabra usar. Y las aventuras siguieron. Aventuras que me llevaron a escribir para no olvidarme cómo entender la locura, e intentar convertirme en una mamá más o menos normal y una psicóloga algo más sabia. Esto es también lo que me hubiera gustado leer en mis noches de desvelo y mis días blancos de soledad...

 
 
 

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